OLVÍDATE DEL DOLOR


Imagina que estás en una fiesta de cumpleaños, suena música de fondo y a tu alrededor, varios grupos de personas charlan animadamente. Oyes diferentes voces pero no eres capaz de distinguir con claridad lo que dicen. Sin embargo, a pocos metros de ti, de repente una persona pronuncia tu nombre y lo escuchas perfectamente. No lo ha pronunciado ni más alto, ni más fuerte, pero lo has escuchado con claridad.

Lo que acaba de suceder tiene une explicación. El cerebro posee una atención selectiva hacia aquello que considera importante.
Nuestros sentidos son bombardeados constantemente por estímulos de todo tipo; visuales (lo que vemos), olfativos (olores), auditivos (voces, ruidos de obras, bocinas...) etc. Sin embargo muchos de esos estímulos a menudo pasan desapercibidos y no llegamos a ser conscientes de toda la información que llega a nuestros sentidos.

Se lleva a cabo un proceso de selección. Como la información recibida es excesiva, sólo percibimos aquello que es relevante para nosotros en un momento determinado. Sucede gracias a la atención.

En un instante, y de manera inconsciente para nosotros, el cerebro desecha toda aquella información sensorial que no considera importante, y transforma los estímulos sensoriales que considera relevantes en percepciones conscientes.

Cada individuo organiza y filtra la información recibida en base a sus creencias, necesidades y experiencias previas.

Este proceso de "filtración" de la información sucede de forma inconsciente. Por ejemplo no podemos controlar que algo que normalmente nos da miedo, deje de hacerlo de la noche a la mañana. O que una fobia deje de serlo en el momento que nosotros queramos. La mayoría de nuestras creencias las adquirimos de forma involuntaria, a través de nuestro entorno familiar y social, hasta tal punto que a veces ni siquiera somos conscientes de ciertas creencias o pensamientos que tenemos arraigados en nuestro cerebro.

Lo mismo sucede con el dolor. Un sujeto puede desarrollar una atención selectiva a un estímulo concreto (un movimiento, un alimento, un olor, etc), en base a sus creencias y/o experiencias anteriores porque piensa o LE HAN DICHO (algunos profesionales sanitarios) que "eso" está relacionado con su dolor o incluso que es la causa del mismo.

Por ejemplo; muchos pacientes con migraña creen (por error) que ciertos alimentos (por ejemplo el queso), les provocan migrañas. Está ampliamente demostrado que ningún alimento provoca migraña.

Sin embargo, uno puede pensar que efectivamente, ese alimento/movimiento/olor/sonido..., es el causante de su dolor. Si esa creencia está suficientemente arraigada y no se corrige, el sistema nervioso acabará creando una atención selectiva a dicho estímulo, dotándolo de gran relevancia e interpretándolo como algo es peligroso y dañino. Como consecuencia, en presencia de ese estímulo, el sistema nervioso responderá con una respuesta de dolor para proteger al organismo de ese supuesto peligro. El hecho de experimentar dolor en ese momento, reafirma y refuerza la idea inicial del sujeto de que ese estímulo es el causante de su dolor.

Si además da la causalidad de que conoces a otras personas con la misma creencia (errónea), e incluso tienes la mala suerte de que el especialista que lleva tu caso le da validez a ese argumento, el sujeto asociará irremediablemente su dolor a dicho estímulo, sea cual sea. (Ejemplo; migraña - queso). Ante esa posible amenaza (comer queso), el cerebro activará todas las alarmas y desencadenará una respuesta de protección = dolor.

Se entra así en un "círculo vicioso" que debemos romper. El sujeto debe entender que el estímulo "X" (movimiento, alimento, etc.), NO ES LA CAUSA de su dolor, sino que el dolor es la respuesta de su sistema nervioso como resultado de una evaluación cerebral errónea de peligro ante dicho estímulo.

Desarrollar una atención selectiva al dolor, aumenta la percepción de amenaza, lo que a su vez amplifica la percepción del dolor.

Pongamos el ejemplo contrario. Imagina ahora que un día te despiertas con mucho dolor de muelas. Esa misma tarde habías quedado con tus amigos para ir al cine. Pasas la mañana en casa, te sigue doliendo y piensas en anular la cita.
Finalmente decides ir. La película te está gustando, la historia te engancha, estás totalmente inmerso y concentrado en lo que estás viendo.
Han pasado casi 3 horas y al salir del cine te das cuenta de que durante todo ese tiempo no te ha dolido la muela. No has sentido dolor.
Posiblemente cuando vuelvas a casa y vuelvas a prestarle atención a la muela, volverás a sentir dolor.

Muchas personas dicen; "durante ese tiempo también me dolía, lo que pasa es que como estaba distraído no me enteraba". Error. "Si no te enterabas, es que no te dolía. Si no has sido consciente, el dolor no ha existido". (Rafael Torres Cueco, 2018)
 
"El dolor, como estímulo biológicamente relevante, exige atención. No percibes aquello a lo que no prestas atención. Por lo tanto, no hay dolor sin atención". (Rafael Torres Cueco, 2018)

El nivel de atención que dedicamos a un estímulo, determina en gran medida el grado de intensidad con el que lo percibimos.

Ante una situación de dolor crónico persistente, lo primero que debemos hacer es quitar el foco de atención del dolor y centrarlo en cualquier otra actividad que consiga distraernos y olvidarnos de él. No debemos dejar que sea el dolor quien gobierne nuestra vida. Es imprescindible romper el círculo que se establece entre el dolor y el cese de actividades; (me duele un poco → dejo de hacer alguna actividad → me duele más → dejo de hacer más cosas → el dolor aumenta → ya no hago nada → el dolor se convierte en el centro de mi vida). Es fundamental no permitir que el dolor limite nuestras actividades, ni que sea quien decida que cosas podemos hacer y cuales no.

Comentarios