UN CLAVO EN LA BOTA


En el siglo XVII René Descartes desarrolló una interesante aproximación al concepto del dolor en su obra "Tratado del hombre", según la cual el dolor constituía una señal de alarma que indicaba necesariamente la presencia de una lesión tisular. En otras palabras, duele porque hay una lesión.

Este modelo cartesiano del dolor, ilustrado mediante la clásica imagen de un sujeto acercando el pie al fuego, funcionaba como un mecanismo simple. Descartes establecía de la siguiente manera una relación directa y causal entre daño/lesión y dolor: "el impulso que viaja desde el sitio de la herida hasta el cerebro, produce dolor tal como quien tira del extremo de una cuerda y hace sonar la campana que está en el otro extremo". Era un modelo puramente mecanicista. Hoy sabemos que el dolor NO funciona así.

Desde la perspectiva neurofisiológica actual, basada en el modelo biopsicosocial, entendemos el dolor como el resultado de una evaluación cerebral de amenaza.

Pongamos un ejemplo:

Todos pensamos que pisar un clavo debe ser algo realmente doloroso. Esta es la historia real de un carpintero de EE.UU, que fue recogida posteriormente en un estudio llevado a cabo en 1995. (Fisher JP, Hassan DT, O´Connor N. Minerva. Br Med J. 1995).

El carpintero estaba trabajando en su taller, cuando de repente fue a buscar una herramienta y sin querer, pisó un clavo que sobresalía de un listón de madera en el suelo. Al mirarse el pie y ver que el clavo de 15 cm había atravesado la bota, empezó a gritar de dolor. No dejaba que nadie le quitase la bota ni le tocase el pie. Cuando llegó al hospital se quejaba mucho por el dolor que sentía y fue sedado con fentanilo y midazolam.
Clavo atravesando la bota a su llegada al hospital

Los sanitarios le quitaron la bota y la sorpresa fue mayúscula cuando vieron que no había ninguna herida en el pie. El clavo había pasado entre dos dedos, estando el pie completamente ileso. La planta del pie estaba intacta, los dedos también, no había ni un mínimo rasguño y sin embargo, el hombre tenía muchísimo dolor.

La EXPECTATIVA DE DAÑO y el miedo que sintió al ver el clavo atravesando la bota, fueron suficientes para que su cerebro actuase (a todos los niveles), como si en realidad el clavo hubiera atravesado el pie. Un estímulo visual fue capaz por si solo de desencadenar una respuesta de dolor terrible. Y no solo eso.

Cuando el carpintero pisó el clavo, no solo sintió un dolor terrible, sino que su corazón empezó a latir más rápido, su respiración también se aceleró y comenzó a sudar. Estaba alterado, nervioso, excitado, etc. ¿Por qué suceden todas esas reacciones fisiológicas si en realidad no tenía ninguna herida? El dolor siempre se acompaña de una compleja repuesta neurofisiológica de estrés (lucha o huida), que puede ser más o menos intensa. Se produce una activación del sistema nervioso simpático y sistema neuroendocrino que implica respuestas motoras (↑ del tono y la actividad muscular...), cardiovasculares (↑ de la frecuencia cardíaca), respiratorias (↑ de la frecuencia respiratoria), hormonales (liberación de cortisol, adrenalina...), sudoración, etc. Es decir, un pensamiento o una imagen visual es capaz de desencadenar una respuesta de dolor con toda la "cascada" de reacciones neurofisiológicas asociadas a él.

"La percepción del dolor no depende solo de la intensidad del estímulo, sino del grado de excitabilidad del sistema nervioso central en ese momento". (Rafael Torres Cueco, 2018)

Este caso explica a la perfección la NO siempre correlación entre daño y dolor.

"En ausencia de daño tisular real o potencial, el componente evaluativo-imaginativo de amenaza es fundamental". (Arturo Goicoechea, 2019)

Debemos tener claro que el dolor cumple una magnífica función que ayuda a proteger nuestra integridad física. Es una alarma que posee nuestro organismo (por ejemplo cuando acercamos la mano al fuego). Sin embargo, esta alarma no solo se activa cuando se produce un daño real en los tejidos, sino también cuando se interpreta que este daño se puede producir o puede haberse producido (daño potencial, aunque no consumado), como en el caso del carpintero. La información visual (mirarse el clavo en la bota) fue suficiente para activar una respuesta de dolor intensa como medida de protección.

"La valoración de peligro por parte del cerebro, es suficiente para que proyecte dolor en la parte del cuerpo que considera amenazada". (Iñaki Aguirrezabal)

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