Julia Popova, una joven rusa de 22 años regresaba a su casa del trabajo, cuando fue asaltaba por un ladrón. El sujeto intentó robarle el bolso y se produjo un forcejeo entre ambos. Finalmente Julia consiguío zafarse del asaltante y pudo escapar. Cuando llegó a su casa estaba muy nerviosa por todo lo ocurrido.
Al entrar al comedor, sus padres la vieron muy asustada y le preguntaron;
- ¿Qué ha pasado?, ¿Estás bien? Y ella respondió:
- "Estoy bien, no me han hecho daño, pero han intentado robarme y he conseguido escapar".
Ellos, al oir sus palabras se tranquilizaron e intentaron calmar a su hija. Al acercarse, una mueca de terror se dibujó en el rostro de la madre de Julia y no pudo evitar gritar. No podía creer lo que veía. Julia tenía un cuchillo clavado en su espalda. Había pasado más de media hora con el cuchillo clavado y no se había dado cuenta.
Inmediatamente fue trasladada al hospital, donde posteriormente los servicios médicos confirmaron la veracidad de los hechos.
Lo que esta historia explica, es que muchas veces NO existe una relación directa entre el dolor experimentado y el daño producido. Es decir, el dolor que sentimos no siempre es directamente proporcional a la la gravedad o magnitud de la lesión. Como hemos visto en este caso, la chica tenía un puñal clavado en la espalda y sin embargo no sentía dolor.
Esta historia nos explica que la experiencia del dolor no depende exclusivamente de la cantidad de daño presente en los tejidos, sino del contexto en el que éste se produce. Nuestro sistema neuroinmune trabaja por y para una única causa; preservar la integridad física del organismo, es decir, garantizar nuestra supervivencia. En casos como este o similares, en los que la supervivencia está en juego, el cerebro da prioridad a salvar la vida del individuo y "anula" toda respuesta que no sirva para ese fin. No es necesario que la joven sienta dolor en ese momento, no hay tiempo que perder, lo importante es escapar.
Nuestro sistema nervioso central está dotado de diferentes mecanismos que modulan y/o inhiben la información nociceptiva, pudiendo según las circunstancias, anular por completo la percepción del dolor. Entre ellos, el sistema inhibidor descendente, en concreto la sustancia gris periacueductal dorsolateral, produce una potente analgesia en situaciones en las que la supervivencia del individuo está en juego. Se inhibe el dolor para poder huir. Es lo que conocemos como "analgesia inducida por estrés" (respuesta de lucha-huida).
Este y multitud de casos similares explican que en la experiencia del dolor, no es tan importante la cantidad del daño tisular producido, sino el contexto y las circunstancias que rodean a dicho daño.
Así como hemos visto que el cerebro es capaz de "anular" el dolor aunque exista daño, en otras ocasiones también es capaz de "generar" o proyectar dolor a la conciencia del individuo a pesar de que no exista ningún daño; es lo que sucede en los pacientes con dolor crónico complejo.
Llegados a este punto, el paciente con dolor crónico complejo debe tener claro que su problema no está en los tejidos; a sus músculos y articulaciones no les pasa nada. El dolor aparece como resultado de una evaluación cerebral de amenaza.
El cerebro, en base a creencias o ideas alarmistas aprendidas de manera implícita, construye evaluaciones de amenaza y genera respuestas de dolor como estrategia de protección.
Como consecuencia de ese error evaluativo, se producen una serie de cambios cerebrales que hacen que se activen áreas relacionadas con el dolor, que en condiciones normales no se activarían.
La buena noticia es que, contrariamente a lo que estamos acostumbrados a escuchar, el dolor crónico complejo se puede curar. Los cambios cerebrales que se han producido pueden revertirse (reorganización cortical), volviendo a una situación de "normalidad" gracias a la plasticidad cerebral.


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