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| Batalla de Anzio. 1944. Segunda Guerra Mundial |
¿Es posible que miles de soldados con heridas de guerra dijeran que no tenían dolor?
El dolor es un mecanismo de defensa que posee nuestro organismo para protegernos de un posible daño, real o potencial.
Es en definitiva un mecanismo de protección y de alarma, que utiliza nuestro cuerpo para avisarnos de que nos encontramos ante una situación de peligro y así evitar un daño mayor. El encargado de valorar la situación y decidir si lo que está sucediendo es, o puede llegar a ser peligroso o dañino para nuestro organismo, es en última instancia el sistema nervioso central (SNC); compuesto por el encéfalo (cerebro, cerebelo y tallo espinal) y la médula espinal.
Nuestro organismo cuenta con una gran variedad de receptores sensitivos específicos, que recogen los diferentes estímulos que nos llegan del exterior; visuales, olfativos, táctiles, auditivos...etc.
Para que un estímulo sensitivo, del tipo que sea (energía mecánica, térmica, química...etc), pueda ser percibido, primero debe ser transformado en electricidad (impulso eléctrico). Al fenómeno de transformación de un tipo de señal o energía, en otra de distinta naturaleza, se le conoce con el nombre de transducción.
Nuestro organismo cuenta con una gran variedad de receptores sensitivos específicos, que recogen los diferentes estímulos que nos llegan del exterior; visuales, olfativos, táctiles, auditivos...etc.
Para que un estímulo sensitivo, del tipo que sea (energía mecánica, térmica, química...etc), pueda ser percibido, primero debe ser transformado en electricidad (impulso eléctrico). Al fenómeno de transformación de un tipo de señal o energía, en otra de distinta naturaleza, se le conoce con el nombre de transducción.
Por ejemplo; si acercamos el dedo a una vela, los receptores específicos de temperatura (termoreceptores) detectarán la energía térmica y la transformarán en energía eléctrica (transducción), para que la información recibida "viaje" a través de la red neuronal hasta alcanzar el sistema nervioso central, donde dicha señal eléctrica será procesada y evaluada.
Ante cualquier estímulo, el cerebro tiene que tomar una decisión inmediata, determinada por la respuesta a la siguiente pregunta: ¿Esto es algo potencialmente peligroso o no?
Para responder a esa pregunta, el cerebro acude a la información almacenada de la que dispone (experiencias previas, creencias, pensamientos, cultura, aprendizaje, etc). Si finalmente determina que es algo potencialmente peligroso, activará el "programa de dolor" (sentiremos dolor) acompañado de otras reacciones fisiológicas asociadas. Pero si frente al mismo estímulo-experiencia, el cerebro decide que eso no tiene importancia, pondrá en marcha otra serie de mecanismos de inhibición y modulación descendente y no habrá dolor, el sujeto no experimentará dolor.
Por lo tanto, el dolor es siempre una respuesta del cerebro a una situación que ha interpretado como amenazante, sea real o no.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el investigador Henry K Beecher atendía en el campo de batalla a los soldados heridos durante la "Batalla de Anzio" (uno de los episodios más cruentos de la Segunda Guerra Mundial). Allí observó un hecho que le impactó enormemente y que más tarde supo interpretar.
Por lo tanto, el dolor es siempre una respuesta del cerebro a una situación que ha interpretado como amenazante, sea real o no.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el investigador Henry K Beecher atendía en el campo de batalla a los soldados heridos durante la "Batalla de Anzio" (uno de los episodios más cruentos de la Segunda Guerra Mundial). Allí observó un hecho que le impactó enormemente y que más tarde supo interpretar.
Beecher llevó a cabo un estudio durante los meses que atendió a los soldados heridos. Mientras les atendía de sus graves heridas les hacía dos preguntas; ¿Tienes dolor? ¿Quieres que te de algún medicamento para aliviar el dolor?
El 75% de los soldados heridos respondió que NO a las dos preguntas. Ni tenían dolor, ni querían analgésicos. O lo que es lo mismo, sólo el 25% de los soldados refería dolor intenso o pedía medicación.
Al acabar la Guerra y volver a su puesto en el Hospital General de
Massachussets, observó que cuatro de cada cinco pacientes (civiles), es decir, el 80% de los pacientes con
heridas quirúrgicas similares a las de los soldados, decían
sentir un dolor severo y pedían tratamiento con morfina.
Henry K Beecher describía sus observaciones de esta forma: “la creencia habitual de que
las heridas están asociadas inevitablemente al dolor, y que cuanto mayor
sea la herida peor será el dolor, no parece sostenerse a tenor de las
observaciones realizadas en la zona de combate […] "No existe una relación simple ni directa entre la herida per se y el dolor experimentado". "En gran medida, el dolor está determinado por otros factores, y aquí
resulta de una gran importancia el significado de la herida, la interpretación de la situación".
Para
los pacientes civiles, las heridas quirúrgicas constituían una fuente de ansiedad, preocupación y miedo. El hecho de estar ingresados suponía un
acontecimiento "desastroso". Sin embargo, para los soldados, las heridas significaba que estaban vivos, interpretaban esas heridas como algo positivo; no habían muerto. Era una situación de alivio, de agradecimiento por escapar vivo del campo de batalla, incluso de euforia porque volvían a casa.
"La experiencia del dolor y el grado en el que se experimenta, no depende sólo del estímulo, sino del significado y del contexto en el que se produce". (Rafael Torres Cueco, 2018)
"La experiencia del dolor y el grado en el que se experimenta, no depende sólo del estímulo, sino del significado y del contexto en el que se produce". (Rafael Torres Cueco, 2018)


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